Tuesday, February 27, 2007

Conociendo Morelia...

En mi reciente visita a Morelia, provocada básicamente por el Torneo de Linares, que se lleva a cabo en dos partes, la primera mitad en la ciudad michoacana y la otra mitad en la ciudad de Linares, España, tuve a bien conocer un poco de la ciudad, al igual que departir con gente que sólo conocía por el ICC (Internet Chess Club). Por ejemplo, conocí a javier (Luxaeterna en ICC), que aparte de ser buen amigo, es el más iluso de los seres humanos. Cuando pasamos por una librería del centro de Morelia, halló mi libro (Perfeccione su Ajedrez), y decididamente lo compró, y estoy seguro que en su fuero interno, habrá pensado que dicho libro podría ayudarle a mejorar. Con él y Russek, fuimos al museo del horror, en donde había una exposición de instrumentos de tortura de la Inquisición. La entrada costó 25 pesos por cabeza y el "museo" es en realidad una casa prácticamente abandonada. La entrada ya propiamente muestra una guillotina, cosa por demás extraña, porque eso no corresponde a la Inquisición, pero en fin...

Cada cuarto está cubierto por una cortina oscura, y en cada una de ellas hay un maniquí, de esos que se ven en las tiendas, en posición torturada. La luz en cada una de las habitaciones es prácticamente nula y seguramente, para darle un cariz más tenebroso, al encender la luz, ésta es "luz negra" (es decir, morada). Los instrumentos de tortura son azadones con ganchos o navajas afiladas. Hay una explicación escrita en cada uno de ellos que indica cómo se usaba.

Otro cuarto muestra una silla tapizada de pequeños picos metálicos que terminan en punta, tanto en el respaldo como en el asiento... Y ahí Javier dijo algo que cambió el rumbo de la visita a dicho museo: "todo esto es fake" (traducción: todo esto es falso). Es decir, no son instrumentos originales, sino que los dueños del museo hacen los instrumentos, probablemente sacados de libros o quizás de Internet. No tuvimos que pasar por muchos más cuartos para darnos cuenta de que ahí estaba el carpintero, creando probablemente algún instrumento más.

Pero claramente Javier estaba más interesado en mi libro que en el fraude que resultó el museo. De hecho se detuvo frente una iglesia para empezar a hojearlo. La ingenuidad humana no conoce límites.

Así fue más o menos la visita moreliana. Más tarde dejamos a Javier y lo volvimos a encontrar en su segunda pasión (después del ajedrez): la comida. Su hija había venido a Morelia a verlo también y desde ese momento hasta que me regresé, solamente los vi comiendo en el restaurante del hotel. Las fotos ilustran un poco todo esto que narro. Cabe señalar que no tome foto alguna del museo de los horrores, porque en ese momento me pareció un desperdicio. Ahora hubiese sido fenomenal para ilustrar esta característica de Morelia.

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