Friday, February 01, 2008

Un cuento para Ilse

Hace unos años escribí este cuento para Ilse, la cantante del desaparecido grupo Flans. La fecha del mismo es es de diciembre del 2002.

Ilse y el número phi

1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34… Éstas y más cifras revoloteaban por mi cabeza desde aquella conferencia –ya hacía un par de semanas– en el Instituto de Matemáticas. Indudablemente la secuencia numérica tenía escondido un misterio que yo no alcanzaba a ver y eso terminaba por angustiarme. Sabía que Leonardo Fibonacci había descubierto en 1202 esta serie, la cual es fácil de seguir: basta con sumar los dos números previos para encontrar el que sigue. Yo estaba seguro que algo mágico, quizás espectacular, existía encerrado dentro de esta numerología. Y no se me malinterprete. No se trata de nada esotérico, sino de algo palpable y demostrable, tanto como que 2+2 = 4.

Pasaban los días y mi obsesión por Fibonacci y sus números empezaba a hacer estragos en mi salud. Dormía mal. Despertaba a media noche sudando. Agotado, a los primeros rayos del sol sentía el desazón y la frustración de no saber ni entender absolutamente nada. Por eso entonces me lancé a la biblioteca de la Universidad. Me dije a mí mismo: “Es ya tiempo de que resuelvas esto de una vez por todas o bien, que empieces a olvidarlo”. Ya dentro del acervo encontré algunos libros del tema. Los tomé todos y abrí el primero de ellos… Y el mundo se transformó de repente. Aprendí que la serie de Fibonacci modela perfectamente el crecimiento de una población de conejos. ¿Estaría ahí el misterio de esos números? Cada página, aunque parecía llena de ecuaciones, era en realidad una acuciosa y precisa descripción de fenómenos en la naturaleza que podían ser acomodados de manera notable a una serie tan simple como la hallada por el italiano.

Totalmente concentrado por lo que ese maravilloso librito decía, pasé a la siguiente hoja y me sorprendí al ver una imagen del Partenón griego. ¿Qué podía hacer esto aquí y qué podría tener que ver con el tema de Fibonacci? Y entonces lo descubrí… Ahí se mencionaba algo que denominaban “sección aúrea” o también, “proporción divina”. Para entenderlo, considérese de nuevo la serie de Fibonacci: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, …Tomemos los dos primeros numeros y dividamos el segundo entre el primero: 1/1 = 1; Consideremos entonces el tercero y dividámoslo por el segundo: 2/1 = 2; Sigamos este procedimiento con más números de la serie y eventualmente notaremos que nos vamos acercando a un número en particular, pero nunca llegamos a él. El valor exacto se acerca a 8/5 pero no lo es. El valor justo es (1+sqrt(5))/2, el cual se denomina con la letra griega phi. Y esto es precisamente la “proporción aúrea” o “proporción divina”. A estas alturas más de uno se preguntará: ¿Y eso qué? Pues resulta increíble esta relación, porque se da muchas veces en la naturaleza y no sólo eso, también en la vida cotidiana.

Es cuando comprendí que alguien había descubierto una nueva manera de ver las cosas. Fibonacci es por eso tan importante. Puede verse, por ejemplo, que el Partenón fue construido en un rectángulo que es precisamente sqrt(5) veces más largo que el ancho. Pero no sólo eso, su elevación (de la fachada), está construida a partir de la razón aúrea, es decir, phi veces su anchura con respecto a su altura.

En otras manifestaciones artísticas también hay ejemplos notables: Leonardo Da Vinci y Miguel Angel pintaron usando la proporción aúrea. Guarnerius y Stradivarius crearon sus violines a partir de phi. Y sorpréndase: las falanges de los dedos cumplen con la relación aúrea: el tamaño de la falange disminuye en proporción aúrea en la medida que nos acercamos a la falangeta (la última en cada dedo). Es decir, la naturaleza parece seguir este patrón matemático en multitud de fenómenos y el hombre, como parte de ella, no escapa a su influencia.

Y si los grandes artistas usaron la proporción aúrea es porque ésta parece ser elemento fundamental de cómo deben ser las cosas. Tal vez por eso nos agrada esas sonatas para piano de Mozart.. Y tal vez entonces, sólo tal vez, la proporción aúrea es un elemento fundamental de la belleza en la naturaleza. Algo es bello porque contiene dicha proporción. Los griegos parecen haberlo sabido. Los grandes pintores también (¿y es quizás que por ello lo son?), y ahora yo lo sabía.

Ya era de noche y el encargado de la biblioteca me urgía a levantarme e irme. Estaba por cerrar. Vi mi reloj y decidí apurar el paso. Tenía una cita importante. Subí al auto pero caía torrencial lluvia. No sé por qué, pero creí ver que las gotas golpeaban el parabrisas en intervalos aúreos. Tardé horrores. El tránsito iba a vuelta de rueda. Finalmente llegué, tarde sí, pero llegué. La demora parecía haber valido la pena. Ahora ya los números de Fibonacci no me parecían meras cifras desconocidas. Toque el timbre y me abrió ella. Y entonces todo se aclaró: Ahí estaba Ilse, mirándome extrañada, diciéndome algo que no parecía yo entender, porque estaba viendo cómo la proporción aúrea, la proporción divina, iluminaba su rostro que brillaba en toda ella y que la invadía mágicamente. Todo estaba claro entonces: ¡El misterio había dejarlo de serlo!

3 comments:

Kalel said...

Muy bonito e interesante cuento. Muy similar a una parte del libro del Código Da Vinci. No se cual haya sido escrito primero :-)

Como dice el libro de Dan Brown la estructura osea humana tambien esta basada en phi, por ejemplo, las piernas y los brazos. Aunque no recuerdo el nombre exacto de los huesos.

Supongo, que ella fue un amor imposible o uno de tus antiguos amores, por el final que le has dado a el cuento.

Morsa said...

Gracias Kalel,

No leí el libro del código da Vinci y ni siquiera vi la película. De acuerdo a

http://es.wikipedia.org/wiki/El_c%C3%B3digo_Da_Vinci

el código da Vinci se publicó en el 2003 y mi cuento es de finales del 2002.

Saludos

Maria said...

Ya ves, como le escribes cuentos tan bonitos a Ilse y a mi nunca, bu bu bu!! Jaja.