Friday, March 28, 2008

Una lección del cómputo moderno

Hoy iba en el metro y ante el largo viaje que me esperaba, empecé a ver con detenimiento mi derredor. Encontré, por ejemplo, que hay una serie de asientos asignados a discapacitados, mujeres con niños, embarazadas y ancianos. Todo esto a través de una calcomanía que está pegada en la pared, exactamente a unos centímetros del asiento en cuestión. Dicha calcomanía dice "RESERVADO" y asumo que tendría sentido semejante aviso si la gente tuviese cierta educación y de verdad cediera el asiento a las peresonas antes mencionados. La realidad es que quien se sienta finje demencia, o se hace el dormido (para despertar mágicamente en la estación que debe bajar), o simplemente le vale. Cosas quizás de nuestra idiosincracia, o tal vez, de que las reglas se hicieron para ser violadas. Cosas pues del mexicano.

Esta reflexión, que me hacía de estación a estación, me hizo recordar un episodio que me ocurrió en la Universidad Iberoamericana hace algunos años. Resulta que había un estacionamiento para profesores, el cual tenía ya apartados unos 15 lugares para los directores de las diferentes áreas. Esos lugares estaban reservados para estos importantes funcionarios.

Así las cosas, un día llegué a dar mis clases y no había lugar en el estacionamiento mencionado. Sin más preámbulos, y porque estaba llegando tarde, me estacioné en el impoluto sitio de uno de esos directores de área y acto seguido, me fui a dar mis clases. A las 8 de la noche, cuando terminé mis labores académicas, encontré que le habían quitado la placa a mi coche y que un tipo de la ibero, de vigilancia, me indicaba que había cometido una infracción vergonzosa, y que por ello me habían quitado mi placa. Me dijo que para regresarme el metal tenía que pagar la multa correspondiente, la cual era de 70 pesotes. Le dije claramente que él no podía quitarme la placa de mi auto, que eso era ilegal y que desde hacía años ni siquiera la policía podía actuar así. Me dijo entonces que por ser una institución privada, podían poner sus propias reglas. Le respondí que con ese criterio, la ibero podría implantar un calabozo donde azotaran a quienes cometieran faltas como la mía y le advertí que, independientemente de ser una institución privada, no puede actuar al margen de las leyes del país. Le indiqué pues que su razonamiento era poco menos que absurdo, y que no pensaba pagar multa alguna, porque el hecho de que siendo profesor no tenga lugar en el estacionamiento de profesores no es culpa mía, sino de la propia institución que no pone el recurso correspondiente. Así que si me estacioné ahí donde no me correspondía, fue porque tenía actividades académicas y que si no llego a ellas entonces me pueden penalizar de otra manera. Le exigí que me regresara la placa y que lo iba a reportar por su falta de respeto a una de las partes más importante de la Universidad Iberoamericana, la de los académicos.

Se ve que lo asusté un poco. Me regresó la placa pero me dijo que tenía que quedarse con mi credencial de profesor -la cual me regresarían cuando pagara la multa. Se la di porque me quería ya ir y le dije que no pagaría nada, porque no era mi culpa tenerme que estacionar en un lugar que nadie ocupa porque no hay dónde estacionarse.

Al día siguiente le hablé entonces al director de la carrera de sistemas computacionales, donde doy clases y le conté toda esta historia. Me pidió una carta donde explicara todo este acontecimiento para poder quejarse directamente con los responsables. Le advertí que si insistían en que pagara una multa, renunciaba a la iberoamericana en el acto. El director me dijo que me tranquilizara, que nada de eso pasaría. (*)

Escribí entonces una carta y expliqué que eso de apartar lugares es una mala práctica, sobre todo si hay déficit de lugares de estacionamiento. Apelé entonces al cómputo moderno, indicando que deberían aprender de la computación actual, en donde ningún programa puede apartar los recursos, como la memoria, sólo porque el programador quiere. Cualquier lenguaje de programación moderno impide que ocurra esto. Simplemente el sistema no deja actuar así. Lo que sí permite el cómputo actual es que si un programa requiere de más recursos, entonces el administrador de los mismos, por ejemplo la memoria, le da más recursos. si aún así necesita más, le da más. Si sigue pidiendo más y no hay, pues simplemente marca un error de "out of memory" y a otra cosa. Es decir, cuando el recurso es escaso, y la memoria de la computadora es de los recursos más escasos, aunque la gente crea otra cosa, el sistema da los recursos cuando se piden estos. Ningún programa puede apartar, por ejemplo, toda la memoria de una computadora porque el sistema operativo impide esa aberración. Un sistema operativo multitareas exige que esto no pueda ocurrir nunca.

Pasando esto al problema que nos ocupa: si la cantidad de "cajones" de estacionamiento es limitada (en nuestro símil, la memoria), entonces es mala idea apartar algunos de esos cajones para los funcionarios, pues es fácil entonces llegar al momento en que no hay suficientes cajones (memoria), para los otros profesores (programas) y el sistema se colapsa, o hay una violación de un profesor (programa), sobre uno de los cajones de estacionamiento (memoria). Más claro ni el agua, ¿verdad?

Pues bien, el cómputo moderno nos enseña una sencilla lección acerca de cómo usar los recursos cuando estos son escasos. Deberíamos darnos cuenta que estos problemas ya han sido resueltos de la manera más eficiente que existe cuando hablamos de computadoras. ¿Por qué no extrapolar estas lecciones en otros ámbitos de la vida cotidiana?

(*) Por cierto, después de esto nada más pasó. La siguiente vez que acudí a la Universidad, me regresaron en el depto. de sistemas mi credencial de profesor.

1 comment:

marcosivan said...

Cuando llegué a vivir en la Ciudad de México en 1998, me resultaba difícil explicarme el porqué del comportamiento tan agresivo y tan irrespetuoso de la gente.

Viví en varios lugares de México antes de eso y en ninguno me había tocado ver escenas como la del "dormilón" o del "finge-demencia" que describes tan bien. Otros casos que me sorprendían eran los que se meten en las filas sin respetar el orden, los que agreden físicamente a otras personas para poder entrar o salir del metro. En fin, escenas a las que se llega uno a acostumbrar viviendo en la Ciudad de México.

Después de casi tres años de vivir allá entendí muchas cosas. Suena lógico que en situaciones tan competidas la gente prefiera saltarse las reglas a cumplir con ellas. Supongo que si una persona se sube al metro en Indios Verdes y va hasta Ciudad Universitaria puede preferir saltarse la regla de respetar los asientos reservados a pasar más de una hora de pie.

Sin embargo, lo que me llama la atención es que ya existe la tecnología para resolver muchos de los problemas a los que se enfrentan los habitantes de la Ciudad de México.

Por mencionar un ejemplo, citaré la solución que utiliza el gobierno de Dresden para el problema de los estacionamientos públicos.

En cada estacionamiento público se coloca un dispositivo electrónico que cuenta el número de autos que entran y salen para calcular el número de lugares disponibles. El dispositivo envía una señal en tiempo real a un monitor que muestra algunos metros antes de la entrada del estacionamiento cuantos lugares disponibles existen en ese momento. El conductor decide de acuerdo al tiempo que tiene disponible si vale la pena entrar a ese estacionamiento o no.

El precio de los estacionamientos públicos es siempre menor al de estacionar directamente en la calle. Y los precios son mayores en lugares que usualmente son muy concurridos. Así el ciudadano tiene la opción de pagar más si desea estar cerca o pagar menos si desea caminar más (en muchas partes de la ciudad incluso no es necesario pagar).

Si estaciona uno en las calles concurridas se debe pagar utilizando un parquímetro electrónico. El parquímetro imprime un comprobante que calcula el tiempo pagado. El conductor debe dejar el comprobante en un lugar visible. De tal forma que si pasa un inspector puede poner una multa si no se ha pagado.

No me explico aún porque en las ciudades grandes de México no se han implementado sistemas similares.

Quizá podrías venderle la idea a la Universidad Iberoamericana, para que la próxima vez que llegues al estacionamiento ni siquiera te metas cuando el contador marque cero.