Friday, May 16, 2008

El Cuaderno Verde de Pepe Gordon


EL CUADERNO VERDE / El ajedrez, el hipopótamo y el infinito

Por José Gordon

Grupo Reforma

Ciudad de México, México (may 16 2008 12:00am).- El ajedrecista estudia el tablero. La posición es muy compleja. Piensa en sacrificar un caballo. No es una variante muy clara. Existen muchas posibilidades. Mikhail Tahl tiene las piezas blancas, su rival Evegeni Vasiukov, mueve las negras. Están en Kiev, en la antigua Unión Soviética, en el año de 1964.

Tahl describe lo que pasaba por su mente: "Comencé a calcular y me horrorizó la idea de que el sacrificio fuera falso. Las ideas se me amontonan en la cabeza: una respuesta del enemigo, correcta en determinada situación, la traspasaba a otra variante y allí, naturalmente, ese movimiento era inoportuno por completo. Lo concreto es que en mi cabeza se formó un montón caótico de movimientos, a veces incluso sin ninguna relación entre sí, y el 'árbol del análisis', tan recomendado por los entrenadores, comenzó a crecer de manera monstruosa. No sé por qué, pero en ese momento recordé la célebre poesía infantil de Chukovski: '¡Oh, qué difícil es el trabajo/ de sacar a un hipopótamo del pantano!'.

"No podría explicar en base a qué asociación este hipopótamo se metió en el tablero, pero la verdad es que, mientras los espectadores creían que estaba analizando la posición, yo pensaba en cómo demonios podría sacarse a un hipopótamo del pantano. Recuerdo que en mi cabeza se amontonaban grúas, palancas, helicópteros e incluso, una escalera de cuerda. Después de numerosos intentos no encontré ningún método aceptable de sacarlo del pantano, y pensé con amargura: ¡Pues que se ahogue el hipopótamo!".

En ese momento, el hipopótamo desapareció del tablero. Tahl se encontró con que la posición era más clara de lo que creía y, sin dudarlo, sacrificó el caballo. Al día siguiente en la prensa se escribió: "Mikhail Tahl, después de analizar durante 40 minutos la posición sacrificó acertadamente una pieza".

El físico Manuel López Michelone, conocido como La Morsa, me cuenta esta historia. Bajo sus amplios bigotes se dibuja una sonrisa. ¿Dónde estuvo el análisis? Ell ajedrecista estaba pensando en hipopótamos, no en caballos y, sin embargo, en esa aparente distracción algo se estaba dibujando silenciosamente.

Hablamos de las fases del proceso creativo. Una de las etapas más importantes, en donde se supone que no ocurre nada, se llama incubación. La Morsa me platica de un libro de Martin Gardner en donde se explora este tema. La incubación es la etapa previa al ajá. Cortázar hablaba del fenómeno de estar papando moscas, que precede al momento luminoso de un hallazgo. Estamos en la tina de Arquímedes, lejos del problema que hemos rondado, cuando de pronto aparece el Eureka.

Esto ocurre también ante un tablero de ajedrez en donde se desbordan las dificultades que podemos encontrar. En el libro Talacha periodística, Vicente Leñero recuerda una entrañable charla que sostuvo con Juan José Arreola mientras jugaban ajedrez. El autor de Confabulario le decía a Leñero: "¿Quieres embarcarte en la aventura espacial más grande que tu razón pueda concebir?; ¿quieres agotar todos los recursos de tu imaginación?: yo te voy a proponer la trampa mental: el gambito de las 64 casillas. En un espacio limitado de ocho casillas por ocho, que pueden ser de un centímetro o de un metro, el hombre encuentra y captura el infinito". Arreola define al infinito como las ilimitadas complicaciones que crean entre sí las piezas de ajedrez. Cada vez que un jugador mueve una pieza, se altera el tablero: "Igual que en el espacio cósmico, en el ajedrez ocurren desplazamientos de masas que se oponen y crean tensiones y distensiones entre sí".

Al internarse en este jardín de senderos que se bifurcan, hay ajedrecistas como el gran maestro ucraniano David Bronstein (1924-2006), que tratan de ver -hasta lo más lejos posible- las implicaciones de cada decisión. Su técnica asemejaba la de una computadora cuando éstas aún no entraban al escenario.

Aún así, la imaginación matemática de Bronstein pasaba también por el periodo de incubación creativa en donde la inteligencia está rumiando inadvertidamente la solución de un problema. La Morsa, autor de libros para aprender ajedrez, me cuenta una historia que habla del genio humilde de Bronstein: Una vez tardó 40 minutos en realizar el primer movimiento de una partida. Cuando su rival le preguntó el motivo, Bronstein respondió: "Hasta que logré recordar dónde había dejado las llaves de mi casa no pude tener la concentración necesaria para mover mi peón de rey".

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