Friday, October 17, 2014

De la Sección "El Cibernauta", Revista Personal Computing México, Diciembre de 1994





 De un cuento que escribí hace 20 años:

Arte de Magia

Han pasado ya algunos años de la vieja promesa de crear máquinas inteligentes. Al principo, cuando era un joviencito, animado por las tantas virtudes que tarería la inteligencia Artificial, me lancé de lleno a estudiar el problema y en verdad que aprendí mucho: las redes de transición, los métodos de inferencia con encadenamiento hacia atrás o hacia adelante, la lógica no monotónica, los sistemas expertos... Es decir, en unos años me convertí en un especialista.

Por supuesto sé que la ciencia está llena de fracasos, y de sólo uno que otro éxito, que brilla lo suficiente para opacar todo lo que falló.  Hoy en día existen procesadores de palabras que conocen nuestro estilo y adivinan nuestra siguiente palabra, con lo que escribir largos textos se ha convertido realmente en teclear  algunas palabras claves aquí y allá. O bien, hojas de cálculo que, además de hacer cuentas con gran precisión y a altas velocidades, extrapolan datos y dan avances sobre el comportamiento financiero de los próximos meses. Claro que tienen sus desventajas: ¿Quién no recuerda el crack financiero que puso al mundo al borde de la guerra hace más de un siglo?

Pero es otra historia la que le quiero contar a nuestros jóvenes, con la esperanza de que nunca se olvide.

Roger Shank llegó un día y conmocionó a la comunidad de programadores con los ocho puntos que mostraban las características de un verdadero programa con la capacidad de discurrir. Pronto, todos los investigadores se abocaron a crear programas que cumplieran con esos atributos. Todos los conceptos de Shank fueron atacados sistemáticamente: la representación del conocimiento, la creatividad, la curiosidad, el conocimiento del mundo exterior, la decodificación, se volvían característica incluida en todo programa inteligente moderno inteligente. Sólo una opción no había podido solucionarse: la del conocimiento interno. Aquella según la cual el programa era consciente de sí mismo. Este concepto es tan elusivo que decidí abandonar esta ciencia si no podía crear, en un tiempo finito como el resto de mi vida, un programa que fuese consciente de sí mismo.

Trabajé intensamente día y noche Los libros, documentación relevante, discos y más discos con información pertinente al tema entorpecían mis constantes caminatas por el estudio. Por fin llegó el día de probar mi prototipo.

Después de cargar el programa ya compilado, la pantalla desplegó una frase: "Buenos días"... Nada inteligente, pensé.

Le contesté: ¿"Sabes quién eres?". La máquina quedó estática, sin respuesta. Pasaron angustiosos momentos antes de que recibiera una contestación, junto con una fuerte carga de adrenalina. "Sí, lo sé. Soy un programa de computadora que tú escribiste". Me temblaban las manos. Volví a inquirir: "¿En serio sabes quién eres?". Otra larga pausa. "Lo sé, entiendo lo que soy".

En un instante caí en la cuenta de lo espantoso de mi creación. Jalé el enchufe y desconecté el monstruo recién creado, prometiéndome no permitir que el liderazgo humano en el discurir fuese puesto en tela de juicio.

No he vuelto a encender mi computadora.






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