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Friday, July 28, 2017

De las buenas intenciones a la realidad



Hoy, gracias quizás a Internet y las redes sociales, se puede publicitar cualquier cosa, aunque sea "chafa" o inútil. Hace muchos años unos vivales consiguieron que la UNAM les diese cabida con su página sobre supuestos temas biológicos, pero en realidad se trataba de pseudo-ciencia. Por azares del destino hallé la página en cuestión y cuando vi de lo que hablaba, la denuncié a las autoridades de cómputo de la UNAM, que la quitaron de inmediato. Y ojo, no es que la pseudo-ciencia no tenga cabida en este mundo, simplemente que la UNAM no es el sitio para hacerse eco de esas patrañas que ya cada quien creará o no.

Y como decía, las redes sociales ahora publicitan cualquier cosa. En ajedrez, por ejemplo, se anuncian los "grandes logros" de los niños ajedrecistas, aunque estos sean en el mejor de los casos magros. Se aplaude todo lo que hacen estos geniecillos pos-modernos, de acuerdo a quien publica estas notas, que en general son los padres de dichos niños, y nos hacen creer que tenemos montones de Magnus Carlsen aún no descubiertos.

La realidad es otra. Son niños que juegan un ajedrez como aficionados. La mayoría tiene un rating de segunda o tercera fuerza pero en Internet nos los presentan como maestros, por decir lo menos. Y como estos niños viajan a torneos y festivales internacionales (casi siempre pagado por los respectivos papás), entonces se les hace un show mediático como si ellos estuviesen jugando el Mundial de Ajedrez, cuando en realidad juegan un ajedrez de 3a fuerza.

Y ojo, no creo que esté mal que los niños compitan, sino que os salgamos de la realidad sobre el mérito de sus triunfos. Niños y jóvenes que fueron en su momento a los festivales mundiales en Grecia o España, prácticamente ya ninguno juega. Sus resultados en esas competencias fue desastroso. Nuestros enviados a jugar el sub18 quedaron en los últimos lugares y no es para sorprenderse si se tiene en cuenta que había grandes maestros y maestros internacionales, con ratings de 2500 y casi 2600 en algunos casos. Así no hay fogueo ni competencia, es una simple masacre.

Y si hablo de esto es porque en Coahuila un jovencito de 16 años aparece en una entrevista, en donde el autor de la misma dice que este muchachito ganó una beca para estudiar en Rusia, y que se la ganó gracias a sus buenas artes en el ajedrez. La realidad es que probablemente no es así, porque el jovencito en cuestión tiene 2014 Elo y con eso, como una vez el GM Silvino García le dijo a una ajedrecista mexicana que quería jugar el Capablanca, que al decirle su rating le comentó: "hija, con ese Elo no cocinas ni un huevo frito".

Y entonces esto que estoy escribiendo lo puse, con otras palabras, en la página de Facebook en donde se anunciaba el asunto. Y no me faltaron quienes no les gustara lo que les dije. Alguno de ellos me dijo que estaba demeritando al chico becado, pero la realidad, de nuevo, no es así.

Digamos que ya es importante poner las cosas en claro y en su justa proporción. El chico ajedrecista tiene 16 años y 2041 de Elo. En Rusia -creo- hay unos 5 millones de ajedrecistas registrados en dicha federación (podría estar equivocado en la cifra exacta), y claramente 2041 puntos no cocina ni un huevo, como diría el GM García. Entonces ¿qué aplaudimos? No lo sé.

Pero además, el artículo dice que el chico ha jugado varias veces en Cuba, aunque no se indica en qué lugar quedó. Y yo sé la razón: los torneos abiertos de ese país son durísimos. El Capablanca in memoriam tiene siempre unos 20 GM y otros tantos MIs que participan. Nuestros jugadores mexicanos titulados no han podido ganar ese torneo y no es una queja ni un reclamo, es una realidad. Hay mucho más nivel en Cuba que en nuestro país. Por ello, nuestro pequeño héroe becado simplemente habrá jugado y si le fue bien, habrá hecho la mitad de los puntos en disputa. No veo que se pueda hacer mucho más con 2041 puntos Elo.

Y de nuevo, todo esto es para ubicarnos en la realidad de nuestro ajedrez. De todos los niños que fueron a ese torneo juvenil e infantil en Costa Rica, el panamericano, solamente Sión Galaviz sacó medalla de plata por desempate. Los demás si acaso, quedaron entre los 10 primeros. Pero después, algunos de esos niños se apersonaron en un torneo similar en EEUU y todos quedaron en las últimas mesas. Pero de eso no hablamos, no decimos nada, porque no es políticamente correcto, porque no queremos que los chicos se desanimen quizás.

El asunto es que hay una curiosa doble moral en este país nuestro. No hablamos de discapacitados porque es mejor decirle personas con capacidades diferentes. Como si discapacitados no hablara de esta realidad que siempre queremos tapar. El mexicano y sus eufemismos continuos, para mostrar que somos sensibles, pero eso no necesariamente ayuda. Para mejorar hay que enfrentar la problemática y esto claramente no se quiere hacer porque la realidad no nos gusta. Por eso nos andamos una y otra vez con eufemismos.

Y solamente he tocado el ajedrez, pero en otros campos se dicen cosas públicamente. Por ejemplo, en un video que circula por las redes, seis locutores, especialistas de futbol (entre ellos Hugo Sánchez), discuten los pormenores de nuestra fallida selección. Un comentarista dice que México no está preparado para ganar ninguna copa del mundo y entonces se le echan encima. Le dicen que tiene una "mente chiquita", que "hay que tener sueños", que "con esa mentalidad no vamos a ninguna parte", etcétera. Pero es cierto lo que decía el comentarista criticado: estamos lejos, muy lejos de ser potencia en futbol. Si jugamos con los brasileños pues decimos que finalmente es una potencia por tradición, muchas veces campeón mundial. Si nos tocan los teutones entonces decimos que son más fuertes. Si nos tocan los de Jamaica tememos que sean más rápidos. Vamos, todos tienen atributos que nuestra selección no tiene. Y entonces no se quiere enfrentar la realidad, sino el seguir soñando con ganar cuando no hacemos nada para ello.

Soñamos con el triunfo, pero no hay preparación realmente. No trabajamos sobre nuestras limitaciones y pensamos que vendrá el Chicharito o Carlos Vela a resolver la eterna crisis de una selección que es un negocio y que, calificar al mundial, simplemente sirve para que la afición desembolse cuanto dinero tenga en apoyar a estos buenos para nada. Y es por ello que, probablemente, hay tanto enojo por los últimos resultados, pero es por una cuestión sencilla: viven en las buenas intenciones y no en la realidad. Y de buenas intenciones está empedrado el infierno.

Monday, November 07, 2011

El problema del aprendizaje en ajedrez


Llevo muchos años de ajedrez y he participado en un sinfín de torneos. He visto en ellos a muchos niños y jóvenes empezar sus pasos por tan difícil juego. A algunos el ajedrez los atrapa y entonces el juego ciencia se convierte más en una pasión, en una obsesión, que en un juego de mesa. Se vive alrededor del ajedrez, se revisan las partidas de los mejores jugadores, se estudian los trucos que hay en el tablero, se analizan las aperturas, el medio juego, los finales más frecuentes. Y para ello se requieren de muchos años de trabajo, de constancia, porque sin ella, el progreso francamente tiende a ser nulo.

Es costumbre pensar que cuando un niño/joven decide empezar a jugar ajedrez competitivamente, requiera de un maestro que pueda guíarlo en tan complicada tarea. Desafortunadamente en nuestro país al menos, no existen muchos entrenadores y profesores de ajedrez, y los que hay –muchas veces– lo que en realidad buscan es un modus vivendi para ir solventando esto del vivir. Esto en pocas palabras quiere decir que no existen planes para ayudar a los niños a progresar en ajedrez de manera coordinada, con método, de forma tal que pueda verse –si se siguen la disciplina– llegar a empezar a mejorar en el nivel de juego.

Por otra parte, resulta fuera de la realidad pensar que puede haber ahí fuera, una serie de jugadores que puedan entrenar a quienes empiezan a jugar. Debido a que por una parte, el ajedrez mexicano está francamente descoordinado, y por otra, que no hay suficientes entrenadores para la cantidad de niños que son involucrados en el juego ciencia, los pocos entrenadores que pudiese haber deberían aplicarse a ayudar a quienes ya han demostrado que tienen cierto talento y que les interesa progresar en este difícil arte. Pretender pensar que a cada niño –aunque no tenga el mínimo talento–  se le debe poner un entrenador o profesor, es absurdo y fuera de lugar. Yo pienso que “primero ser y luego la manera de ser”. Es decir, primero que demuestre cierto talento natural y disposición para el ajedrez y después entonces, veamos cómo se le puede apoyar.

Yo soy de la idea que el ajedrecista en general se hace sólo. Por supuesto que la situación ideal es que hubiese entrenadores para todos, pero no los hay y por ende, debemos usar este recurso, en caso de existir, con aquellos que prometen llegar a jugar bien y que como dije antes, muestran talento, disposición y ganas de trabajar en el tablero.

Quienes crean que los ajedrecistas de gran nivel se hicieron gracias a que tuvieron entrenadores todo el tiempo, debo decirles que se equivocan. Botvinnik, el excampeón del mundo y padre del ajedrez soviético, tenía una escuela en donde los mejores talentos, entre ellos Kramnik y Kasparov, por ejemplo, concurrían, pero ojo, iban diez días cada seis meses a reunirse con el viejo patriarca. Éste revisaba el nivel de cada uno de sus pupilos, veía sus partidas y hacía un diagnóstico sobre qué temas ponerlos a estudiar para erradicar fallos y vicios en su juego. Botvinnik era un maestro en diagnosticar a sus pupilos, pero estos se iban a sus casas a trabajar con un muy pesado material que tenían que absorber en esos seis meses antes de volver a ver al excampeón del mundo. Dicho de otra manera, Botvinnik no les daba clases cada semana, ni nada por el estilo. Confiaba en la disciplina de cada jugador joven para que éste se aplicara a trabajar en su ajedrez, con el material que Botvinnik había creado para él.

El GM Alejandro Ramírez, por ejemplo, siempre estudió solo. Pero de niño ya tenía cierto talento y su fuerte trabajo personal en el tablero dio sus frutos. Los jugadores de ajedrez tienen que estudiar solos. Los entrenadores –cuando los hay– sirven como guías para no salirse del camino del trabajo contínuo o para no cometer los pecados de todo ajedrecista, como el estudiar aperturas antes del final, por ejemplo.

Evidentemente hay contraejemplos: Kasparov contó con la ayuda de Botvinnik, pero el ogro de Bakú tenía una disciplina férrea y se embarcaba muchas horas por día a trabajar sobre el tablero. Tuvo además la posibilidad de tener un entrenador como Nikitin pero ojo, Kasparov era un súper talento, y Botvinnik apreciaba mucho a Garry, porque lo veía como lo que finalmente fue: el décimo tercer campeón del mundo.

Hay otros ejemplos: El primer lugar del rating mundial, Magnus Carlsen, trabajó con un gran maestro noruego cuando empezó a jugar al ajedrez, pero las sesiones de entrenamiento eran un par de horas por semana. Aún así, Carlsen demostró su genialidad y en un año subió 1000 puntos de rating, para colocarse como un jugador de primera fuerza. Cuatro años después, prácticamente sólo, sin la ayuda de entrenador alguno, se ubicó en el primer sitio del escalafón mundial. Ahí entonces Kasparov tomó como pupilo al noruego y lo llevó a ser el mejor del mundo, pero quizás chocaron en carácter y hoy en día –de nuevo– Carlsen trabaja solo.

En cualquier otra disciplina pasa lo mismo. Por ejemplo, en una carrera universitaria uno va a clases no a aprender necesariamente, sino a que el profesor lo guíe, le dé instrucciones de qué estudiar, en qué trabajar. Si el alumno se reduce a tomar clases y no trabajar por su lado, difícilmente terminará una carrea profesional con éxito. Exactamente eso pasa en el ajedrez, pero peor aún, porque por su misma naturaleza, hay que esforzarse mucho en el tablero para ir comprendiendo sus secretos. Ningún entrenador puede sustituir el trabajo personal.

Los jóvenes y niños que hace unos años fueron enviados por sus padres a festivales de ajedrez en el extranjero, muchos de ellos, sino es que todos, ya han abandonado el ajedrez. La razón es simple: estaban mal preparados y sus rivales –al contrario– se habían esforzado mucho más y su nivel era mucho mejor. Así, gracias a que la Federación Mexicana de Ajedrez avaló a esos jovencitos aunque no tenían el nivel y sus padres el dinero para mandarlos a Grecia, España o donde fuese el torneo en cuestión, esos ajedrecistas mal preparados hicieron un desastroso papel. Así que ni para fogueo contó esa experiencia. No puede haber fogueo cuando hay demasiada disparidad en niveles de ajedrez de los mexicanos contra sus eventuales rivales europeos. A la larga esto sólo causa decepción entre los ajedrecistas mexicanos que pensaban que tenían cierto nivel y que fueron superados rotundamente en estas competencias.

El asunto es simple: Primero, es necesario poner límites a estas absurdas participaciones internaciones de cuanto niño que juega al ajedrez cuando no se tiene un nivel competitivo. Las Olimpiadas que se hacen cada cuatro años, y no me refiero a las de ajedrez, exigen, vía el Comité Olímpico Internacional, que den ciertas marcas mínimas. Si los atletas no las cumplen simplemente no van. No tiene sentido mandar a nadie a competir cuando sus rivales son mucho muy superiores. Por ejemplo, el récord mexicano de nado libre, en 100 metros, es de 51.65 segundos… El récord mundial es de 46.91. Estamos a años, muchos, de competir en esta disciplina. Pasa lo mismo en ajedrez, donde el nivel se mide por el rating. No tiene sentido poner a jugadores de 1800, 1900 puntos de rating contra juveniles que juegan al menos 2200 puntos Elo. Estos avales no ayudan a nadie y son en el fondo un negocio de la federación mexicana.

Mi sugerencia es sencilla: que los jugadores se apliquen ellos mismos, que estudien por ellos mismos si es que el juego les interesa lo suficiente. Hay muchas bases de datos, muchos libros, mucha información en Internet y puede progresar sin necesidad de nadie si se toma el ajedrez en serio. Quien siga pensando que un entrenador hace a los jugadores o no sabe, o tiene una idea ingenua de cómo se progresa en ajedrez.