Corríjanme
si me equivoco, pero creo que las conferencias mañaneras no las inventó AMLO, sino
Chávez, el cual las convirtió en una herramienta política de propaganda
gubernamental. Chávez tenía además –me parece– un programa de radio todos los
días, donde incluso cantaba y decía cuanta tontería se le ocurría. AMLO tomó el
modelo de la mañanera venezolano bajo el falso argumento de ser un ejercicio de
información para la ciudadanía. Pero desde esta tribuna se lanzó a dividir al
país, a polarizar posiciones políticas, a decir que él había sido el presidente
más atacado, que los intelectuales orgánicos (a saber lo que esto significa),
los poderosos, los neoliberales, los
conservadores, en resumen, todos, estaban en su contra. Pero él tenía un as
bajo la manga: el pueblo, bueno y sabio que lo protegía (eso sin contar con sus
“detentes”, valiente idiotez).
Claudia
Sheinbaum, por su parte, cuando ganó las elecciones, decidió que haría una
mañanera como la de su antecesor. Nada más que ella no tiene ni remotamente el
carisma de López Obrador. No tiene la ciega admiración ni de los políticos de
su propio partido, que ignoran sus llamados a la justa medianía, a no ostentar
riquezas, viajes a todo lujo, etcétera. Vamos, como líder político Claudia deja
mucho que desear.
Pero seamos
sinceros, quien preside al país lo debiese hacer para gobernar. No es un
concurso para ser popular. La presidente tiene que tomar decisiones importantes
todos los días, lo cual nos afecta muchas veces a todos los ciudadanos. El
problema es que muchas decisiones o se toman tarde o bien cuando las cosas se
ponen feas, por ejemplo, con el crimen del presidente municipal de Uruapan,
Carlos Manzo.
No es
gratuito todo este circo del “plan Michoacán”, el cual se tuvo que hacer más
rápido que nunca porque los medios, que de alguna manera son el termómetro de
la sociedad. Marcan un descontento que ya no es fácil ignorar. Y en la
narrativa de este gobierno, dicen que este programa contempla recursos por 57
mil millones de pesos, con 12 ejes en donde se atacarán los problemas de
delincuencia que tiene la entidad. Y pueden decir misa, porque en el papel son
únicos e irrepetibles. Lo malo es que la realidad siempre les escupe en la cara
en el momento menos esperado.
Y al
gobierno le encanta, en su discurso, etiquetar todo: “plan Paricutín”, “banco
del bienestar”, “IMSS bienestar”, etcétera, aunque esto sólo sean palabras
soltadas en un contexto que cada vez menos gente les cree. Pero no me crean y
vayan a su clínica del IMSS por sus medicamentos. Muchas veces simplemente no
hay. Y siguen sin poder resolver esto, aunque en su narrativa “ya tienen el 96%
de las medicinas”, asunto que en el mundo real resulta falso.
El gobierno
mexicano tiene una obsesión por tomar el micrófono. Por ello siempre que llegan
los políticos hay templetes, sonido local, paredes de poliuretano con letreros
que etiquetan por qué se están reuniendo ahí. Desde luego que además, siguen con
la imagen que el gobierno ha propuesto. Y entonces desfilan los políticos
hablando maravillas de los otros políticos, sobre todo si son de mayor
jerarquía, amén de continuar con esta idea de que este país va de maravilla. Es
un espectáculo que cada vez se cree menos.
La realidad,
sin embargo, sigue molestándolos y entonces, ante el aviso de una marcha de la
generación Z, tiemblan como gelatina, indicando que “hay que averiguar quiénes
organizan esta marcha, a qué intereses políticos obedece”, etcétera. Es que es
cierto, a nadie le gusta que le contradigan o que le reclamen y menos al
gobierno, que siempre quiere dar una imagen de eficiencia y perfección aunque
sepamos, como mexicanos, que desde siempre todos los gobiernos que hemos tenido
son todo eso menos lo que presumen ser.

















