El mandato de Andrés Manuel López Obrador acaba ya en un par de días. Quizás en la historia moderna de México no hubo un presidente que quisiese como él, tener los reflectores desde el día uno hasta el último día de su sexenio. Normalmente el presidente saliente (cuando se sabía el ganador de la elección), hacia mutis y entonces la transición pasaba más o menos de manera suave. Pero para López Obrador, que lo único que busca es la lisonjería de quienes lo idolatran, los reflectores son parte esencial del ser presidente. Vamos, todo giraba alrededor de él. Por él sabíamos quién era malo, perverso y corrupto y desde luego, por él podíamos darnos cuenta que él mismo era como un santo, y todo en bien de esa entidad sin rostro que llama "pueblo bueno". Y hay que decirlo, AMLO regresó al país en un gobierno presidencialista, en donde el mandatario ponía la agenda del día. Si a él se le ocuría una idiotez (como la rifa del avión, la megafarmacia, etcétera), sus ayudantes iniciaban los trabajos para que sus estupidices si hiciesen realidad. No había discusión al respecto de ningún proyecto, porque el jefe supremo de las fuerzas arrmadas sabe todo, de todos los temas y cómo hacerlo. Y por eso estamos donde estamos.
No importa pues que sus promesas de campaña (crecer al 4%, un sistema de salud mejor que el de Dinamarca, la gasolina a 10 pesos, etcétera), no se cumplieran, poque pra eso existe el "marketing gubernamental". Es fácil pues crear la imagen de que este país está en las mejores condiciones. Es sencilla la simulación: espectaculares, bardas pintadas con "amor con amor se paga", "te extrañaremos presidente", entre tantas consignas para seguir promoviendo la idea de que tuvimos un gran presidente. Pero tristemente -ahora que acaba el sexenio- vemos que la realidad nos enfrenta y nos pega en el rostro. Llevamos unas tres semanas de la guerra ente bandas del crimen organizado en Sinaloa, el huracán John cayó en Acapulco y el puerto, aún tratando de recomponerse del anterior desastre natural, lo que encontramos es que ha dejado una enorme devastación. En las redes sociales puede verse el aeropuerto de Acapulco totalmente inundado, y esto es sólo un hecho. Hay decenas de poblaciones que están bajo el agua y que el propio gobierno no sabe cómo rescatarlos. Y entonces ya surgió la ayuda civil, los centros de acopio, esos centros que por una parte, siempre nos hacen dudar de que los insumos donados lleguen a las comunidades en problemas (por aquello de la corrupción, como demostró uuna periodista que puso un "airtag" en lo que donó y que estos apoyos aparecieron en una tienda a la venta) y por otra parte, que el gobierno de la 4T quería hacer ver como innecesarios porque tenían todo bajo control. Pero no me crean. Vayan a YouTube y busquen "acapulco huracan john" (sin comillas), para que ven la verdadera situación de los que viven en el puerto. Y lo mismo puede decirse de la violencia en Culiacán (busquen culiacanazo 2024) y asústense con la realidad. Y que conste, ya ni hablo de los 200 mil homicidios que a decir de AMLO, "la violencia disminuyó, aunque huboo más homicidios". Este es el sexenio más sangrientoo del que se tenga noticia en el México moderno.
Tengo la impresión que a AMLO se le salió de control la realidad en los últimos meses. Y es que la mentira es siempre cada vez más difícil de sostener. Y de pronto llega que un personaje como el "Mayo Zambada" es detenido en EEUU de manera misteriosa y este gobierno no lo sabía siquiera. Y López Obrador, envalentonado con la mayoría en el Congreso decide impulsar su reforma judicial, la cual pasa sin cambiarle una coma a manera de regalo de despedida, aunque el "superpeso" (por las consecuncias financieras de esta reforma), haya dejado de serlo, por ejemplo. Pero el poder judicial no se amilana y sigue en paro. Y esto es lo que estamos viviendo todos los días ahora. Tenemos a un presidente saliente que desde luego, no se quiere ir, pero que no está dispuesto a hacer ya nada por el problema de Acapulco o el de Sinaloa. Y todo se lo deja a la presidente electa Sheinbaum. Vamos a ver si ella toma acciones desde el primer momento y se convierte en alguien que puede verdaderamente cambiar al paìs o bien, se convierte en el títere de AMLO todo el sexenio.
Por lo menos ya se va AMLO de Palacio Nacional. Ojalá se vaya a su rancho y cumpla su promesa de jubilarse para el resto de sus días, aunque nadie le cree porque siempre ha sido un mentiroso. Mientras tanto, disfruten su 1 de octubre como día de asueto porque seamos francos, no hay mucho que festejar cuando se tiene un país en llamas. Vamos, quizás Claudia Sheinbaum piense que su toma de protesta será un día maravilloso para este país, pero en realidad lo que está pasando ensombrece al más optimista.

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