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Friday, March 26, 2021

Una muy triste noticia



La historia va así: en 1988 hice el posgrado en la Universidad de Essex, en el Reino Unido. Ahí encontré a estudiantes de China, por ejemplo, además de algunos otros mexicanos y otros más de España. Ahí conocí a Carolina García Romeu, una española de Madrid que era muy maja y divertida. Nos hicimos buenos amigos en ese año que duró el posgrado. Ella lo hacía en algo que tenía que ver con arte (o museografía), y yo en computación.

Mantuvimos el contacto a pesar de que cada uno regresó a su país y no recuerdo si al año siguiente fui en algún momento a España y me quedé unos días en casa de los padres de Carolina. El tiempo pasó, la distancia hizo que no estuviésemos muy al tanto el uno del otro y bueno, la vida es así en ocasiones.

Brinquemos ahora unos 33 años después. Me encuentro con mi computadora Windows 7 que no arranca. No sé si fue el motherboard, si ya dio de sí o qué pasó. El asunto es que mi información probablemente se mantenga sin problemas en los discos duros de esa máquina, mientras veo qué hacer con el hardware o si de plano me compro otra máquina. Y entonces hace un par de días le pedí ayuda a mi hermano. Abrimos la computadora y saqué los discos duros de la misma. Mi hermano me mostró un kit para conectar vía USB los discos de mi computadora que no enciende en una laptop que tengo con Windows 10. Así que sacamos los discos (había cinco, cuatro conectados y uno desconectado), e intenté leerlos vía USB en la laptop. Tuve éxito con el disco de 1 TB (el que estaba desconectado), y ahí me encontré con muchísima información de mis archivos, programas escritos, documentos, etcétera, que ahora podía copiar a otra computadora y así no perder esta información.

Pero me llevé una sorpresa extra: un respaldo de mis correos desde los años 1999 al 2010, los cuales pensé se habían perdido cuando se me dañó físicamente un disco duro. Así, de repente podía recuperar los correos de esos años lo cual -quizás- no sería más que anecdótico en la mayoría de los casos. Y de pronto hallé el correo de Carolina. La última comunicación que tenía de ella es que se había casado y había procreado una hija. Cuando perdí mi disco duro también había perdido su correo y ahora lo tenía de nuevo. Así que se me ocurrió escribirle para que me contara qué había pasado con ella 30 años después de que nos conocimos.

Al día siguiente, sin embargo, recibí una carta de su esposo Javier, el cual me dijo que tenía el correo de su mujer asociado al suyo y entonces podía dar las noticias correspondientes a los amigos de su esposa. El asunto me cayó como un balde de agua: Carolina había fallecido en noviembre del 2019. 

Qué triste noticia. Le escribí a Javier para decirle cuanto lamentaba la nota y que en mí tenía un amigo. Pero más allá de eso he estado todo el día pensando en lo absurdo de la muerte, que finalmente nos llegará a todos, pero que es tan indiferente con los seres humanos. No le importa el dolor o tristeza que nos invade cuando muere alguien que queremos. A la muerte -lo que podamos sentir- le da absolutamente lo mismo. De pronto me acordé cuando murió mi padre. Misma sensación. Esa maldita indiferencia de la muerte, esa indolencia ante el dolor y tristeza que en muchos casos apabulla.

Carolina era muy maja y divertida (le gustaba escuchar eso). Como le dije a su esposo, era un encanto de mujer y de pronto me duele que las cosas sean así. Ya no está, ya no es, aunque treinta y tres años antes ahora me parecen que fue ayer. El único consuelo es que seguramente Carolina vive en su hija y en lo que sembró, en su esposo y en su gente. Quisiera creer que hay algo más allá de la vida terrenal y qusiera creer que Carolina puede vernos y saber de nosotros. La verdad es que me ha puesto muy triste todo este asunto.