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Sunday, June 06, 2021

Una reflexión sobre las elecciones


Este 6 de junio pasado se celebraron elecciones para un número enorme de puestos públicos. Desde gobernadores hasta alcaldías. Todo el país estuvo en una larga e intensa jornada electoral y ya se cuentan los votos, para así saber quiénes serán los que nos gobiernen en al menos los próximos 3 años.

Las elecciones modernas, hoy día, requieren de sistemas de cómputo, porque hay que contar millones de votos. Y para ello tienen que ser enviados los datos de las casillas, que son cientos de miles, aglutinar toda la información, y pasar los resultados a los equipos electrónicos para que las votaciones se hagan automáticamente y sin errores. Esto –desde luego– cuesta mucho dinero, pero se gasta sin tapujos porque la democracia requiere de todos estos elementos para poder finalmente saber quiénes son los ganadores (y perdedores) en las elecciones.

México ha pasado por un largo proceso electoral, en donde se ha creado un Instituto Federal Electoral, quien da fe de las elecciones, cuenta los votos, valida a los electores, etcétera. Pero en un inicio, este organismo era parte del Estado y eso daba siempre a suspicacias. Por ello, el IFE pasó a ser INE (Instituto Nacional Electoral), que  organiza procesos electorales libres, equitativos y confiables para garantizar el ejercicio de los derechos electorales, como según ellos mismos indican y desde luego, ya es un organismo autónomo.

Y entonces el INE tiene un enorme trabajo en la organización de las elecciones porque debe garantizar, precisamente, que no se haga trampa. Desafortunadamente México ha vivido en sus procesos electorales toda clase de maniobras chuecas para torcer la elección. Recordemos cuando el Lic. Bartlett, quien ahora es el flamante director de CFE, era el encargado de las elecciones y de pronto, en la cuenta de los votos, cuando Cárdenas parecía ir a la cabeza, “se cayó el sistema” y cuando éste regresó, Salinas ya había tomado la delantera. Y si esto huele feo, México tiene en sus procesos electorales toda clase de chanchullos para que la gente vote por un partido en particular mediante procesos totalmente fuera de la ética, por ejemplo, compra de votos a cambio de tarjetas con saldo para comprarse enseres domésticos, esquemas como “el carrusel”, en donde los votantes van más de una vez a las urnas, o incluso, hacer votar a los muertos, a personas que ya han fallecido pero que tienen credencial de elector. Vamos, el catálogo de trampas de algunos vivales políticos es inmenso.

Y este es el problema. A nosotros nos sorprende, por ejemplo, cuando se nos dice que en Estados Unidos la gente vota por correo. ¿Cómo? ¿De verdad por correo? Y discurrimos entonces algo como esto: “en México eso es imposible”. Y lo es, porque no podría haber ninguna garantía de elecciones limpias. Por ello, el INE tiene que poner cuanto candado puede para evitar las trampas y eso, al final de cuentas, se reduce a gastar más dinero parea tener más control. No es por eso extraño que los procesos electorales en México, y en otros países latinoamericanos, sea siempre un asunto muy costoso en recursos.

Tal vez es la idiosincracia popular que reza: “quien no tranza no avanza”, pero en el fondo, nuestras actitudes de sentirnos siempre por encima del sistema, en donde “usted no sabe con quien está hablando” cuando por ejemplo, nos detiene la policía por alguna infracción de tránsito, no nos hacen ningún bien y entonces pagamos los platos rotos. Y entonces tenemos que tener un registro de los votantes con credencial con fotografía, porque sino no nos creen que los que portamos dicho plástico somos quien decimos ser. 

En el gobierno actual, el de la 4T, se dicen diferentes, pero en el fondo no lo son. Y no lo son porque arrastran los mismos problemas, los mismos complejos, las mismas actitudes tramposas en un sinfín de situaciones… Y por ello, ni avanzamos como sociedad ni somos mejores. Queremos la verdad, pero nadie quiere ser honesto, como dice Farid Dieck. 

Por todo lo anterior, las elecciones seguirán siendo un mal obligado, porque no hay esquemas confiables, porque nos hemos convencido de que todos son tramposos y que todos buscan ganar a toda costa, porque es así como funcionan los procesos electorales. Y por ello, todos estos esquemas gigantescos de cómputo, todos estos procesadores para simplemente sumar votos, pasan por mecanismos lentos, ineficientes y muchas veces dudosos, porque en el fondo, mientras sigamos pensando en que somos más que los sistemas y las leyes, no habremos evolucionado como ciudadanos.