Hoy me he dado cuenta de lo inmensamente feliz que soy. Tengo a mi lado a una mujer única, extraordinaria, que es más que mi esposa pues se ha convertido en mi cómplice. Entiendo incluso que muchas veces sé qué va a decir y creo que a ella le pasa lo mismo conmigo. Estoy pues azorado de esta confabulación que -finalmente- hace la vida mejor, más llevadera.
Y me siento feliz por la gente con la que trato a diario. La suerte que tengo de poder interactuar con profesionales en mi campo, la ciencia, que son por mucho más capaces que yo en todos sentidos. Su presencia en la Facultad, en donde compartimos el mismo amor por la física, las matemáticas y la computación (que son mis campos), me hacen darme cuenta de esta increíble suerte que he tenido.
Ni hablar del ajedrez, que es sin duda obsesivo y además, un motor incansable de preguntas e interrogantes no resueltas. Mis mejores amigos son algunos ajedrecistas, aunque cuando veo a decenas o cientos de jugadores en los torneos abiertos, es cuando entendemos el valor del amor por este juego impresionantemente complejo y que de nuevo, crea más lazos afectivos. No es pues gratuito el lema de la Federación Internacional: "Gens una sumus" (Somos una familia).
Soy pues tan feliz como puedo serlo en un mundo como el de hoy (copiándole a Ricardo Darín la frase). No tengo más para congratularme de eso día a día.
