Cada cierto tiempo sale en los medios algún académico connotado que es entrevistad acerca de la educación. Habla dicho sujeto de algo que le parece increíble, por decir lo menos: y es que de acuerdo a su criterio, la educación de los alumnos se sigue haciendo como hace más de 100 años. Vamos, si tenemos multimedia, computadoras, pantallas gigantes, pizarrones inteligentes, etcétera, ¿Por qué seguimos enseñando a los alumnos en un salón con pizarrón, gises y bancas, con un profesor que dicta cátedra mientras los pupilos toman notas y hacen preguntas eventualmente? Parece inconcebible que en pleno siglo 21 sigamos enseñando así a las siguientes generaciones.
Podría argumentar ante tal opinión de muchas maneras. Por ejemplo, no importa si se tienen sistemas multimedia, pantallas gigantes o inteligencias artificiales para que nos ayuden a enseñar. Si un alumno no tiene interés, ningún elemento que se le proporcione podrá cambiar su negativa al aprendizaje. En palabras de Benjamín Franklin: «Si me lo dices, lo olvido; si me lo enseñas, recuerdo, si me involucras, aprendo». Así de simple es la educación.
Pero hay algo que siempre me deja pensando que en todo el argumento del académico que reniega del salón de clases y de los métodos tradicionales, es que de ellos salen las personas que piensan, que se convierten precisamente en estas personas que rechazan el viejo modelo. Porque... ¿Cómo pueden pensar en que la educación no funciona si ellos salieron de ese modelo educativo? Porque finalmente estos académicos no usaron ni Internet, ni IA, ni multimedia, ni proyectores o pizarrones inteligentes. Nada de eso. Salieron de esas aulas que en este momento les parecen obsoletas. Viven pues una contradicción que ni siquiera saben de ella, pero que no les permite entender nada en el fondo.
Así que no tomo en cuenta a estos académicos orgánicos (que no sé qué significa pero que lo decía a cada rato AMLO para descalificarlos). Todas sus opiniones, todas sus ideas revolucionadas parten del antiguo modelo educativo que, aunque parezca un vejestorio, sigue enseñando al final del día lo más importante, a saber pensar por uno mismo.
