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Tuesday, June 07, 2016

Reflexiones sobre el toreo y la muerte del "Pana"


Ya muchos saben mi opinión sobre el toreo. Es un "arte" mortal donde uno de los contendientes tiene todas las ventajas: más inteligencia, más movilidad, más raciocinio y un catálogo de arpones y espadas para desangrar y quitarle fuerza a un animal de 500 kilos que su único pecado es que, por naturaleza, sigue a una capa cuando ésta se le pone en frente moviéndose. El supuesto arte del toreo, me parece, surge de esta idea del valor, del mostrar que el hombre no le tiene miedo a nada pero que, sospechosamente, invita a un duelo que es francamente poco justo, el de un par de cuernos y 500 kilos de masa contra unos 60 a 80 kgs y un arsenal creado casi por un sádico para causar un daño enfermizo al animal.

El torero busca en la plaza demostrar la hombría. No temerle a la bestia e incluso hace suertes como arrodillarse para que cuando salga el toro de su encierro, le haga un primer pase en condiciones de mucho peligro. Todo el rito del toreo busca finalmente esta idea del "matador", del que se juega la vida por el arte de ser hombre. Y sí, hay cosas ridículas en el mundo y ésta es un ejemplo contundente.

El "pana", Rodolfo Rodríguez, fue uno de esos personajes de un México de pobreza, de pocas alegrías, de muchos sacrificios y pocos resultados. El Pana había tenido todo tipo de oficios y uno de ellos fue el de ser panadero y de ahí su mote. Su vida, entre el alcohol, las parrandas, la falta de oportunidades, viviendo la vida a duras penas, lo llevó a una serie de aventuras escabrosas. El Pana era un torero que a diferencia de otros que han hecho mucho dinero, a él siempre le faltaban 95 para el peso. Pero se las ingeniaba y entonces algún personaje del toreo le invitaba a torear y como ese asunto parece que se lleva en la sangre, el pana entonces hacía acto de presencia en la plaza. Y así, en el 2007 mostró abiertamente esta vida dura, dedicando el toro de su despedida (2007) "al amor bien pagado de las visitadoras". Dijo el Pana:  "Brindo por las damitas, damiselas, princesas, vagas, salinas, zurrapas, suripantas, vulpejas, las de tacón dorado y pico colorado, las putas, las buñis, pues mitigaron mi sed y saciaron mi hambre y me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, y acompañaron mi soledad. Que Dios las bendiga por haber amado tanto". Seguro "el respetable" le habrá chiflado y aplaudido. Era admirado y rechazado. Al Pana no parecía importarle nada.

Tenía unos 65 años cuando salió por última vez a torear, aunque él no sabía eso. El toro en turno le dio una revolcada de terror. El torero, como un muñeco de trapo, cayó de cabeza contra la arena. Se lastimó las cervicales de manera terminal y quedó cuadrapléjico. Al Pana se lo llevaron al hospital y a un mes del incidente pedía morir. No podía moverse, difícilmente podía expresarse y requería de un sinfín de cuidados para seguir manteniendo la vida. Finalmente se cumplió su último deseo.

Y la verdad, pobre señor. Quienes quieren acabar con la fiesta brava aplauden lo que el toro hizo. Pero el toro ni siquiera tiene idea de lo que pasó. Muere un ser humano y en las condiciones en las que fallece son lamentables por decir lo menos. Creo pues que ha llegado el momento de que esto no vuelva a ocurrir. Nadie necesita la emoción de la supuesta fiesta brava. Nadie necesita morir casi desnucado. Nadie debería tener que pasar por este sufrimiento. Nadie.