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Saturday, January 27, 2018

El infierno orwelliano


La siguiente mini-ficción la escribí para la desaparecida resvista Personal Computing México. No tengo datos sobre la fecha de la publicación:

El infierno orwelliano

Hoy me he dado cuenta de la verdad y es en realidad muy simple: las computadoras quieren gobernar el mundo de los humanos. Nosotros mismos nos hicimos cómplices de esta estrategia  que ahora ya es casi cotidiana. Primero creíamos que la tecnologías era la promesa de la bienaventuranza, la tierra prometida, el fértil campo inagotable. Sin embargo, vemos que todos los avances de los seres humanos se han volcado a crear una máquina que sea absolutamente dueña de nuestros movimientos, ideas, cambios y pensamientos.

Antes uno podía salir a la calle y descubrir el mundo.  Hoy estamos encerrados  en nuestras propias habitaciones, esperando que la máquina infernal aquélla nos dé vía libre para salir y transitar al menos, aunque claro, siempre por pasillos perfectamente definidos. La máquina sabe siempre donde estamos, qué hacemos y además, decide siempre por nosotros. Nuestro futuro está tan condenado como asegurado.  Trabajamos para seguir alimentando a este monstruo cibernético, a esta maraña ya impenetrable. De alguna manera estamos ya a punto de vivir el infierno orwelliano. Parece que la humanidad misma se ha condenado.

Pero no todo está perdido. Hay gente que piensa como yo y en esos momentos que la computadora tiene que darse mantenimiento, hemos puesto manos a la obra para decidir que la única respuesta es la destrucción de todo ese hardware que ha vuelto la vida de los seres humanos prácticamente miserable. Ahora entendemos que esa guerra contra el cono sur fue un ardid del sistema para terminar con la vida de millones de seres humanos que no podían ser utilizados y controlados. Ahora comprendemos que el plan trazado por la espantosa empresa que ha llegado a dominar el mundo, la aborrecible Macrosoft,  ha calculado todos los detalles para hacernos creer que hay un grupo antagónico que nos quiere destruir y que en consecuencia, es preciso actuar.

Así entonces, armamos nuestro plan de batalla. Un grupo de valientes salió en la madrugada, justamente en el momento que la computadora feroz decidía verificar todas sus funciones. Llegamos a Macrosft quizás por milagro entramos por un ducto de aire. Evidentemente la máquina nos detectó y comenzó una inmisericorde batalla. Los nuestros caían víctimas del gas, el calor o la radiación insoportable.  La máquina seguía nuestros pasos a pesar de haber cortado algunos de sus sensores remotos.

Fueron horas angustiantes hasta llegar a la consola, el lugar donde se encuentra ese dichoso teclado que podría desconectar al metalizado dictador. Herido y con dolores insoportables, me acerqué a la pantalla principal y quedé horrorizado... Una ventana mostraba el mensaje:

Orden: destruir el planeta.
Tiempo para la destrucción: 25 segundos...

Me aproximé lo más que pude, pero mis lastimadas piernas ya no respondían. "7... 6... 5... segundos"... Cuando de pronto surgió de quién sabe quién en la consola una ventana más, azul, que decía: "General Protection Fault in Kernel Module: 007889:737493 address". El mundo se había salvado.

Friday, October 17, 2014

De la Sección "El Cibernauta", Revista Personal Computing México, Diciembre de 1994





 De un cuento que escribí hace 20 años:

Arte de Magia

Han pasado ya algunos años de la vieja promesa de crear máquinas inteligentes. Al principo, cuando era un joviencito, animado por las tantas virtudes que tarería la inteligencia Artificial, me lancé de lleno a estudiar el problema y en verdad que aprendí mucho: las redes de transición, los métodos de inferencia con encadenamiento hacia atrás o hacia adelante, la lógica no monotónica, los sistemas expertos... Es decir, en unos años me convertí en un especialista.

Por supuesto sé que la ciencia está llena de fracasos, y de sólo uno que otro éxito, que brilla lo suficiente para opacar todo lo que falló.  Hoy en día existen procesadores de palabras que conocen nuestro estilo y adivinan nuestra siguiente palabra, con lo que escribir largos textos se ha convertido realmente en teclear  algunas palabras claves aquí y allá. O bien, hojas de cálculo que, además de hacer cuentas con gran precisión y a altas velocidades, extrapolan datos y dan avances sobre el comportamiento financiero de los próximos meses. Claro que tienen sus desventajas: ¿Quién no recuerda el crack financiero que puso al mundo al borde de la guerra hace más de un siglo?

Pero es otra historia la que le quiero contar a nuestros jóvenes, con la esperanza de que nunca se olvide.

Roger Shank llegó un día y conmocionó a la comunidad de programadores con los ocho puntos que mostraban las características de un verdadero programa con la capacidad de discurrir. Pronto, todos los investigadores se abocaron a crear programas que cumplieran con esos atributos. Todos los conceptos de Shank fueron atacados sistemáticamente: la representación del conocimiento, la creatividad, la curiosidad, el conocimiento del mundo exterior, la decodificación, se volvían característica incluida en todo programa inteligente moderno inteligente. Sólo una opción no había podido solucionarse: la del conocimiento interno. Aquella según la cual el programa era consciente de sí mismo. Este concepto es tan elusivo que decidí abandonar esta ciencia si no podía crear, en un tiempo finito como el resto de mi vida, un programa que fuese consciente de sí mismo.

Trabajé intensamente día y noche Los libros, documentación relevante, discos y más discos con información pertinente al tema entorpecían mis constantes caminatas por el estudio. Por fin llegó el día de probar mi prototipo.

Después de cargar el programa ya compilado, la pantalla desplegó una frase: "Buenos días"... Nada inteligente, pensé.

Le contesté: ¿"Sabes quién eres?". La máquina quedó estática, sin respuesta. Pasaron angustiosos momentos antes de que recibiera una contestación, junto con una fuerte carga de adrenalina. "Sí, lo sé. Soy un programa de computadora que tú escribiste". Me temblaban las manos. Volví a inquirir: "¿En serio sabes quién eres?". Otra larga pausa. "Lo sé, entiendo lo que soy".

En un instante caí en la cuenta de lo espantoso de mi creación. Jalé el enchufe y desconecté el monstruo recién creado, prometiéndome no permitir que el liderazgo humano en el discurir fuese puesto en tela de juicio.

No he vuelto a encender mi computadora.