La vida sigue y de pronto me encuentro con el décimo quinto aniversario del fallecimiento de mi papá. Lo recuerdo todo como si hubiese pasado ayer. Su enfermedad, su problemática y el momento en que todo se puso muy feo y era claro que mi papá posiblemente no podría soportar el alúd de enfermedades y dificultades de salud que le llegaban.
Recuerdo -sin embargo- cuando estaba en el hospital, aún sin tantos problemas, una plática que tuve con él. Hablamos como grandes amigos. Mi papá me decía que el haber tenido esta problemática le había mostrado el cariño que todos en la familia le teníamos. Platicamos de muchas cosas, de ajedrez, de la pasión por lo que cada uno de nosotros hacíamos y fue al final una velada inolvidable.
Días después se agravaron los problemas de salud y entramos en una espiral de enfermedades, doctores y potenciales soluciones a cada problema que llegaba.
Finalmente mi papá no pudo aguantar más y falleció. Me acuerdo estar en el cuarto donde estaba él ya sin vida. Me acuerdo que hablé con él. Me despedí de él. Lloré todo lo que tuve que llorar. Hoy me acuerdo de él y quiero recordar a mi papá no por su actividad profesional, por ser el gran maestro de la guitarra que fue, sino como mi papá, el mejor.
La verdad es que lo extraño todos los días.

1 comment:
Siempre escribes bien, está vez no es excepción. Además con el corazón. Conmovido y admirado con lo que expresas de tu papá. Dos buenos hombres, él y tú.
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