Se dice frecuentemente que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen (no siempre) y mueren. Y esta frase bien podría aplicarse a diversos dominios, por ejemplo, el de la política. A mí me llama la atención poderosamente este asunto de querer ser presidente de la República. Estrictamente es ganarse la rifa del tigre pero en fin, dicen que sarna con gusto no pica, para seguir con estas frases populares.
Soy de la idea que los políticos se forman con el tiempo, pasando de puesto en puesto, desde los más bajos en jerarquía hasta aquellos en donde ya pesan sus decisiones y además, se vuelven incluso personajes reconocibles por la ciudadanía. Y entonces me parece, los que entran a puestos públicos quizás empiezan desde un nivel relativamente bajo pero poco a poco, se van ganando la confianza de sus superiores, ascienden y de pronto ya están cerca de la punta de la pirámide (o al menos eso creen) y de pronto, les entran las ganas de postularse para puestos de más responsabilidad. Y ojo, para esto hay centenares de puestos en la política, los cuales le dan a los futuros candidatos elegidos la posibilidad de acceso a dinero, a poder, a prebendas, etcétera.
Y entiendo que como dice el slogan de Cinépolis en los cines VIP que tienen: "qué fácil es acostumbrarse a lo bueno". Y desde luego que no hay ser humano que se queje de tener más ventajas, más acceso a bienes y servicios, vamos, a una vida más cómoda. Y eso pasa en México con los políticos que de pronto, ven que son el mandamás en muchas situaciones. Se hace lo que ellos indican, se atiende todo lo que dicen y además, tienen un conjunto de personas que resuelven y satisfacen todas sus necesidades. Y esta es probablemente una de las razones para darnos cuenta la cantidad de años que se mantienen los mismos políticos de siempre. Y no importan banderas, colores o ideas políticas. Hay que estar en la jugada y la prueba de ello puede verse en políticos como Bartlett, Porfirio Muñoz Ledo (qepd), entre muchos otros.
Es claro que una de las motivaciones es el dinero que se puede ganar en la política. Por ejemplo, diputados y senadores ganan cantidades enormes y además, se les otorga un aura de que votan por las mejores decisiones que deben aplicarse en el país. Todos son ciervos de la nación, todos nos dicen que sólo piensan en el pueblo (y con AMLO, en el pueblo bueno) y que ya no se pertenecen a sí mismos. Es la nación la que ha creado esta pléyade de personajes que están dispuestos a sacrificarse por el bien de la patria. Pero más allá de esta ironía simple, es evidente que el motivador es el dinero. Y les pongo un ejemplo: Cuando Ebrard quería ser el candidato de Morena a la presidencia, en alguna entrevista le preguntaron la cantidad de dinero que ganaba. No quiso decirlo abiertamente, pero indicó que él necesitaba unos 3 millones de pesos por año para vivir. Esto significa unos 250 mil pesos al mes. Y si comparamos con el promedio nacional en salarios, veremos que no sobrepasa los 17 mil pesos al mes, es decir, 204 mil pesos anuales, ni un mes de lo que necesita este lamentable personaje de la política mexicana, que ahora se arrrastra por los caminos que le pone Morena Y Sheinbaum, porque no quiere salirse de este bonito juego. El dinero es un aliciente extraordinario, que compra voluntades y orgullos. Ahí está este Marcelito Ebrard como ejemplo.
Pongamos entonces el caso de la candidata de Morena, Claudia Sheinbaum Pardo, quien comenzó siendo alcaldesa para pasar después a ser quien gobernara la Ciudad de México para finalmente, probablemente gracias al dedazo del presidente, a ser la candidata a la presidencia de este país. Claudia estudió física, hizo la respectiva maestría y un doctorado. ¿Nunca pensó en que ser candidata a la presidencia es meterse en una problemática increíblemente compleja? ¿Quién le habló al oído y le convenció que ella era la que podría sacar a este buey de la barranca? ¿Estaremos ante la posibilidad de un gobierno que de verdad no sea la simulación que fue el de AMLO? Y eso me lleva a la pregunta: ¿Por qué fracasan todos los gobiernos en este país? ¿Por qué el que llega a la silla presidencial simplemente termina siendo un desastre (tarde o temprano)?
Yo creo entender lo que pasa. Cuando un ciudadano se vuelve candidato, entonces sabe que puede prometer todo lo que se le antoje, particularmente en donde hay más carencias a resolver. Si el sistema de salud pública no te atiende, vete a un hospital privado y el gobierno te lo pagará, dice Xóchitl Gálvez. Pero bien sabemos que esta promesa nunca será cumplida porque nunca habrá dinero para ello. Y regresando a Ebrard, cuando se estaban haciendo los segundos pisos del periférico, hizo carteles y mantas que indicaban que habría transporte ejecutivo gratuito en los seggundos pisos, asunto que por supuesto, nunca ocurrió. Pero regresando al asunto, prometer no empobrece y los candidatos en turno prometerán a la ligera lo que se les antoje. La excandidata del PAN de hace unos años, cuyo nombre no quiero recordar, decía que repartiría iPads a todos los alumnos de las escuelas públicas. Ajá. A ese nivel llegan a veces las promesas de muchos candidatos. Aquí en la CDMX no sé qué candidato a ser gobernador de esta megalopolis, indicaba que atacaría el problema del agua, nuevas tuberías, un sistema extrardinariamente eficiente de distribución, etcétera. Promesas y más promesas
Pero bueno, eventualmente llega alguien a la silla presidencial, como hizo López Obrador, que desde su quasi-eterna candidatura, reprochaba lo mal que hacían todos los anteriores presidentes. Vamos, aparte de Salinas estaba Fox, Calderón y Peña, que nos iba a llevar, decía el peje, "al despeñadero". Y en cada entrevista AMLO sabía cómo sacar adelante a este país. Y cuando ganó la presidencia, esa noche hizo un bonito discurso en donde se prometía un nuevo México. Y les diré algo: AMLO actuó como todos los estudiantes que hemos entrado a la UNAM. Al sabernos aceptados en la Máxima Casa de Estudios, pensamos que le echaríamos todas las ganas, que incluso veríamos cómo adelantar materias y trataríamos de acabar en menos tiempo que el que da la Facultad para estudiar la licenciatura. Y nos creemos la idea de que después de las clases estudiaríamos cada tarde para reforzar lo que vimos, etcétera. Vamos, seríamos los alumnos perfectos e ideales. Pero esto choca contra la realidad, contra los tiempos disponibles, que son menos (pues uno se traslada de la escuela a la casa y viceversa, al menos). Y entonces vemos que tenemos vida social, que no todo es estudiar y para remate, llega el primer mes y nos recetan la primera tanda de exámenes en donde nos muestran que no somos esos brillantes estudiantes, esas maravillosas mentes. Y nos reprueban. Vamos, entramos con las mejores intenciones pero como le escuché decir a Juan José Arrreola alguna vez: "de buenas intenciones está empedrado el infierno".
Y es que cuando llega alguien a la silla presidencial se le olvida, o no sabe, o pretende no saber, que ya hay muchos intereses creados. Para colmo, es evidente que no se puede cambiar un país de la noche a la mañana. No pueden cambiarse usos y costumbres de un día para otro. No puedes dejar de entender las limitaciones de recursos del Estado considerando la enorme problemática en un sinfín de rubros.
Y eso por eso que fallan los presidentes. Porque todo lo hacen mal o a medias, incluso el sistema presidencialista donde una sola persona puede tomar las decisiones en cuanto tema se le ocurra, no ayuda en nada a mejorar al país. Así tenemos a AMLO inventándose una megafarmacia la cual resultó inútil y que dos mil millones de pesos después se demuestra como una absurda idea, por no decirle estúpida idea). Y a donde volteemos encontramos estas espantosas deficiencias: un sistema de salud pública rebasado, en el cual AMLO se le ocurrió decir desde hace un par de años que lo reconstruiría y que sería mejor que el de Dinamarca. O que su estrategia de abrazos y no balazos era la adecuada. Vamos, acaba de mencionar en su show mañanero que hay menos violencia pero más homicidios. Traducción, para el presidente hoy se matan a las personas sin violencia, con cariño o no sé cómo. Vaya dislate del presidente.
Termino: yo espero que quien llegue resuelva un solo problema pero que lo haga bien. ¿Es la seguridad? Adelante ¿Es el sistema de salud? Vamos. ¿Es la educación? Perfecto. Tratar de resolver todos los problemas no da resultado. Yo ya, ante este país que se cae a pedazos, sólo pido se resuelva un problema bien y para siempre. ¿Es mucho pedir?
















