Me acuerdo que cuando estudiaba la maestría en el Reino Unido, un maestro dejó una difícil tarea. Había tiempo para realizarla (como dos semanas) y cuando se acercaba la fecha de entrega le pregunté a alguno de mis compañeros ingleses cómo habían resuelto el problema. Lo que me mostraron era lo más simple y llano del mundo. Nadie había elaborado más allá de lo que el profesor había pedido. A uno de estos estudiantes le dije: "¿y por qué no le agregaste tal o cual cosa?". Su respuesta me dejó sin más preguntas: "yo hice lo que me pidió el profesor nada más. No veo por qué hacer algo extra".Anécdotas aparte, me queda claro que en el tercer mundo nada de lo que hacemos se valida como en otros países. Aquí en México, por ejemplo, tenemos una Academia de Artes que otorga premios a lo mejor del paupérrimo cine mexicano. Creo que la estatuilla que entregan se llama "Ariel". Pues bien, a nadie le parece un premio importante o por lo menos, en el mejor de los casos, pasa prácticamente desapercibido. Ahora hablemos, sin embargo, de un premio que otorgan en el primer mundo: los Óscares. Dichas estatuillas sí tienen valor y los norteamericanos hacen tal faramalla de su ceremonia de premios que es uno de los programas de televisión más vistos en el planeta.
Y si hablo de estos premios es porque la película "Arráncame la Vida" parece que será nominada como la mejor película extranjera en los Óscares. Los medios como el Reforma y el otro día en alguna estación de radio, mencionaban esta nota en particular y bueno, estaban poco menos que emocionados por la potencial nominación de la película mexicana para los Óscares. Vaya, el locutor de dicho programa decía cosas como ésta: "el productor de la película, el director, los actores, la misma Angeles Mastretta, todos deben estar comiéndose las uñas por estar en la incertidumbre de saber si son nominados o no". ¿Será así? ¿De verdad a los que hicieron esa película están viviendo horas de angustia por no saber si han pasado a la nominación?
Pues esto es una muestra de vivir en el tercer mundo. Aquí el valor de los premios, el valor de los incentivos a la producción nacional en cualquiera de los géneros y cotidianidades del hombre, es poco menos que nulo. Ah, eso sí, si en el extranjero nos entregan una presea, nos nominan para un premio (aunque no ganemos), entonces ya es otra cosa.
En el tercer mundo estamos ansiosos de que nuestros connacionales sean algo fuera del terruño. El "toro" Valenzuela en el beisbol (hace unos años), Hugo Sánchez (el "penta pichichi"), Octavio Paz (premio Nobel), entre otros, son el "lustre" del país. Por eso nos sacuden las pocas medallas que trajeron los olímpicos mexicanos (cuando sólo Michael Phelps) hizo más que toda la delegación mexica, porque no demuestra nuestras carencias. Los poseedores de alguna medalla se convierten en ídolos nacionales de inmediato. Son entrevistados, se les dan bonos, casas, premios por haber obtenido una de esas ansiadas medallas.
Esto es más o menos vivir en el tercer mundo.


















