Friday, August 28, 2009

Sobre la irreverencia

Sir Bertrand Russell alguna vez escribió: "El fin principal de la educación debe consistir en estimular a los jóvenes a que discutan e impugnen las ideas que se daban por seguras. Lo importante es la independencia intelectual. El aspecto negativo de la educación reside en la renuencia a permitir que los estudiantes pongan en tela de juicio las opiniones consagradas y a las personas que ejercen el poder. Es necesario que surjan nuevas ideas, que los jóvenes tengan el mayor aliciente posible para disentir radicalmente de las estupideces de su época. La mayoría de la gente respetable y la mayoría de las ideas que pasan por ser fundamentales implican barreras para los logros humanos". Por su parte, Martin Gardner (autor por muchos años de la columna Metamathematics de Scientific American) cuenta la siguiente historia: "Un día, en mis días de estudiante de secundaria, después de terminar un ejercicio que el profesor de matemáticas hab;ia dejado en clase, saqué una hoja de papel e intenté resolver un problema que me tenía intrigado: saber si el que jugaba primero en el gato podía siempre tener una estrategia ganadora. Cuando mi maestro notó que estaba garrapateando diversos gatos, me arrebató la hoja y me dijo: 'Sr. Gardner, cuando Usted esté en mi clase espero que trabaje en matemáticas y no en otra cosa…'".

La cita de Russell y el comentario de Gardner reflejan algo en común: la irreverencia es la única alternativa para tratar de cambiar el mundo. Aunque el pequeño Larousse identifica a la irreverencia con la falta de respeto, no debe tomarse esto como una afrenta precisamente a lo que Russell denominaba las opiniones consagradas. Regresemos un momento al juego del gato. A pesar de su simpleza tiene en el fondo muchas enseñanzas, por ejemplo, sirve para introducir a los alumnos a las matemáticas combinatorias, a la teoría de juegos, a la simetría y la probabilidad. Igualmente, en la rama de la programación, el escribir un programa que juegue bien al gato es siempre un reto lo suficientemente complejo para cualquier alumno de primer semestre. Así, ese pasatiempo que el profesor de Gardner consideraba baladí resulta una mina de oro en el momento de intentar enseñar algún tópico en matemáticas o cómputo.

Ciertos estudios indican que la genialidad no parece ser un factor decididamente genético, sino que quienes han sido reconocidos como genios tenían el don de preguntarse las cosas y de no dar nada por sentado. Aparentemente en este tono de libertad de ideas hay más alternativas para el desarrollo de la mente humana y en este camino mucha gente ha intentado la creación, por así decirlo, de genios. Es decir, se quiere probar que el genio no nace, se hace. Y tenemos ejemplos de ello: las tres hermanas Polgar, brillantes ajedrecistas se hicieron literalmente. Sus padres las entrenaron en el juego ciencia por años y en consecuencia crearon lo que el vulgo cree que es un genio cuando en realidad, como Papá Polgar alguna vez aclaró: "Difícil creer que haya tenido la suerte de procrear tres talentos geniales de forma natural. A través del entrenamiento y la disciplina, amén de mucho amor sólo he hecho una cosa: tres mujeres capaces en el ajedrez".

3 comments:

David Webb said...

El no seguir ciertas normas de comportamiento cuando se esta inmerso en algún pensamiento suele verse como una falta de respeto, irreverencia. No sé qué sea peor, ¿Perder la capacidad de asombro o la capacidad de formular preguntas? En cualquiera de los casos, eso es algo que hacen muy bien lo niños y no debemos dejar que muera.

Si bien cada persona tiene facilidad innata para ejecutar ciertas cosas, también la preparación temprana guiada por los padres es muy importante. Tan sólo hay que ver a las gimnastas chinas.

Saludos.

Francisco said...

Recuerdo que en algún momento Carl Sagan escribió algo que me parece sigue la línea que comenta David Webb.
Comentaba que en ocasiones asistía a dar pláticas de divulgación científica a niños pequeños y decía que eran maravillosos, formulando sin temor y con una naturalidad envidiable todas las preguntas más difíciles de responder y las más apasionantes. Si un niño pequeño pregunta por qué el cielo es azul, cuántos padres, o inclusive maestros de escuela, saben en realidad la respuesta correcta? No muchos.
"Qué preguntas haces, pues de que color querías que fuera: verde!". Tal vez acompañado de una risa. El niño pronto aprende a no hacer este tipo de preguntas.

Decía Sagan que también daba pláticas para muchachos de preparatoria y para entonces algo había cambiado, para mal. Ya no preguntaban con la misma naturalidad, sino que miraban a su alrededor, preocupados de ver que pensaban sus compañeros, si había hecho una buena pregunta, con un terror absoluto a que todos los demás pensaran buu, que burro!
Entonces, decía él, algo terriblemente malo había pasado entre los 6 y los 16 años con el sistema educativo.

David Webb said...

Sr. Francisco:
Es verdad, mi comentario sigue esa línea. No sabía que Carl Sagan lo había dicho, sin embargo yo me atrevo a decir que lo terriblemente malo no sólo pasa en el sistema educativo, sino en la sociedad, especialmente en la familia cuando reprimimos las preguntas de los niños. Como sociedad, el radio de acción de cada persona está muy limitado, no obstante no debemos dejar que la niñez muera por completo con la adultez.
Saludos.